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HISTORIA DE LA ALIMENTACIÓN |
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En la prehistoria, los habitantes de la Tierra eran cazadores, no vivían en un lugar fijo. Viajaban en un lugar a otro en busca de alimentos (raíces, frutos, insectos,
etc.), lo que provocaba un abastecimiento irregular. Posteriormente, se hicieron agricultores y sedentarios.
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Con el fuego se comenzaron a cocinar los alimentos, dando origen a la cooperación y cohesión del grupo. Se hizo evidente la necesidad "del otro" también para
transformar el alimento y compartirlo. La actividad culinaria ayudó a dar el paso del mundo animal al mundo social, evidenció la necesidad de comunicarse con otros,
permitiendo que dejaran de ser seres aislados que realizaban acciones aisladas, para dar lugar al incesante desarrollo de la actividad transformadora sobre la naturaleza.
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El tamaño de la tribu vendría determinado por la cantidad de alimento que podía proporcionar el territorio ocupado. Si el territorio proporcionaba una cantidad constante
de alimento, la situación de escasez o abundancia sería permanente todo el año. Si la cantidad variaba con la estación o a consecuencia de catástrofes climáticas, se
generarían periodos de hambre y otros de abundancia. Este hecho llevó a los hombres y mujeres primitivos a sentir el hambre (desconocida hasta entonces), llevándoles a
consumir en exceso durante los periodos de abundancia y a no discriminar entre unos alimentos y otros en épocas de hambruna, salvando así inicialmente la repugnancia a
comer alimentos extraños a la especie, transformados por el fuego. Sólo el hambre pudo incitarles a insistir en algo tan contrario a su especie.
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El "comer", el disfrute de la comida, no se concebía en sociedades donde no se conocía la penuria de alimentos ni el hambre. Es de suponer que tendrían que dedicar
muchas horas al día a la búsqueda de alimentos, a un ritmo que su experiencia les marcaría, para armonizar de un modo óptimo los ingresos de alimentos con el gasto de
energía. Los adultos enseñarían a los jóvenes lo que había que comer y éstos sólo cambiarían sus hábitos alimentarios impuestos por la experiencia de la especie en caso
de carencia grave de alimentos. Prácticamente la totalidad del tiempo estaría dedicado a la consecución de alimentos.
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Con el conocimiento de la palabra y la adquisición del lenguaje, fue posible establecer métodos de transformación culinaria mediante recetas, iniciándose un arte
culinario que se transmitía de generación en generación. Se inició el conocimiento empírico (práctico, experimental, rutinario) de cocinar. Aumentaron las relaciones
interpersonales relacionadas con el cambio de dieta. Se mejoró la calidad de la misma incluyendo carne, grasa o algún tipo de planta que requería una preparación antes de ser
ingerida, lo que implicaba una mayor inversión de tiempo y esfuerzo por parte de las mujeres en el cuidado.
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El descubrimiento de nuevas prácticas culinarias, como la cocción, aumentó la rentabilidad de esta actividad y dio origen a la mezcla de alimentos, con el fin de
satisfacer el apetito y para conservar la energía corporal durante más horas, y a repetir con mucha mayor exactitud los platos cocinados. Las variables que debían controlarse
(agua y calor) determinaron que la cocción comenzase a educar el gusto y con ello a fomentar y exigir cada vez más una mejor práctica culinaria (equiparable a las cocinas
tradicionales actuales).
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Desde el comienzo de los tiempos, el deseo de saciar el hambre ha trazado las sendas del conocimiento humano. Para buscar alimentos se han creado civilizaciones,
perpetrados crímenes, dictado leyes, modificado culturas y se ha hecho frente a imperios.
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El cocinado cambia, por tanto, el disfrute por la comida. El sentido del gusto, en un principio, estaría centrado en discriminar lo que apetece o no apetece comer. Pero en
situaciones de hambre, cuando hay que comer para mantenerse vivo, al encontrar comida se produce una sensación más placentera que al disfrutar de una buena comida
cuando estamos normalmente bien alimentados. Lo importante es comer, anulando la educación humana, cultural y del paladar.
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